La trastienda de la felicidad

El día 3 de diciembre se celebra el Día Internacional de la Discapacidad. Aprovechando la ocasión publico un relato breve  con una visión  personal  de su autora Carmen Zurera Maestre.

Candela era frágil, se quebró al nacer y el daño cerebral la instaló entre el mundo de los demás y su propio mundo. Sus ojos no se mantenían quietos durante mucho tiempo y revoloteaban por el espacio cercano sin ningún destino. Se comunicaba mediante sonidos cuya intensidad adquiría distintos significados. Si no emitía sonidos se encendían todas las alarmas. Significaba que algo no iba bien dentro de su burbuja y todos los que la amaban, buscaban síntomas que les ayudaran a descifrar las causas de su mal.

Vistos desde fuera, los amigos de sus padres sentían una gran
compasión, los de sus hermanos pena, su familia extensa una enorme losa y sus compañeras y compañeros de clase, la consideraban una más en aquel universo de comunicaciones diversas.

Candela tenía una vida monótona, circunscrita al hogar familiar, el colegio y algunas salidas casuales, cuando no estaba enferma por algún virus estacional.

Hubo infinidad de días en los que su madre la miraba como intentando descifrar el enigma de la existencia:

-¿Quién eres tú?, ¿Por qué has venido a mi vida? ¿Para qué tanto luchar si nunca volarás?

Luego, cuando aquellos momentos pasaban, volvía a mirarla sintiéndose culpable. Trataba entonces de alejar aquellos pensamientos mimando su cuerpo. Sus manos, ungidas por la crema hidratante, dibujaban el perfil de su rostro, sus brazos, sus piernas. Candela se relajaba y detenía por momentos su mirada prendida en los ojos de su madre. Ella creía entonces que le hablaba e imaginaba diálogos complices entre madre e hija. Procuraba que en la hora del baño nadie las molestara, que sólo la música, previamente seleccionada y elegida para la ocasión, sustituyera las palabras por aquel contacto exclusivo. La miraba fijamente al final de aquel rito y pronunciaba audiblemente:

– No sé para qué, ni por qué, pero agradezco haberte conocido, haber descubierto la trastienda de la felicidad a través de este camino tortuoso y dramático. Siento que tu vida no pueda ser como la mía, pero te prometo que no voy a perderme en los porqués, mientras pueda hacer que tu mundo sea lo más hermoso que yo pueda crear.

Candela también conquistó a su padre. Es cierto que a él le costó más trabajo descubrirla. Tenía tanto miedo…Recordaba sus primeros años como un autómata incansable: del trabajo a los médicos, al hospital, a la ruta inacabable de profesionales contradictorios y prepotentes. Encontró a infinidad de padres insolidarios, niñas y niños monstruosos, obstáculos inverosímiles en lugares donde no debían existir. Aquella experiencia lo transformó desde lo más íntimo. Candela era sangre de su sangre, su lucha no tendría tregua y comprometió su existencia para un solo fin: Hacer que la burbuja de su hija fuera confortable para albergar al ser que más amaba.

Tanto una, como otro, no hubieran imaginado nunca que sus vidas alcanzaran un sentido tan insólito por haber sido padres de Candela.

Sí, claro que hubieran preferido ahorrarse el sufrimiento, y que su hija no hubiera nacido con problemas; pero no les dieron a elegir, así que decidieron ser, estar, facilitar su tránsito.

Sus hermanos eran tan pequeños… Ellos no necesitaban explicaciones trascendentes. Simplemente le hablaban, como lo hacían con cualquiera de sus amigos, o la ignoraban cuando se perdían en sus juegos infantiles; o se ponían muy serios, cuando sus abuelos les decían que Candela había tenido una crisis y estaba en el hospital. Crecieron con aquella hermana que aparecía y desaparecía de sus vidas por temporadas, sujetos a terrores nocturnos que sus padres no podían ahuyentar porque estaban ausentes. Aún así, aceptaron que el motivo merecía la pena. Les costó muchos años, incluso rebeldías dolorosas; pero en la intimidad de sus dormitorios mantenían un monólogo, casi místico, reiterando una oración que rescatara a Candela de otra crisis. Lo mismo clamaban a Dios por su salvación, que lo odiaban por haber consentido que su hermana pasara por aquellos trances.

A pesar de su apariencia enfermiza y dependiente, Candela dio sentido a algunas vidas; las que supieron mirar más allá de un cuerpo inerte.

Visto desde dentro, desterraron la compasión, la pena y la losa que pretendían subyugar sus vidas, transformando aquel sinsentido en una afirmación rotunda que tenía nombre: Candela.

Con todo mi agradecimiento a las personas que han dado sentido a mi vida.

Carmen Zurera Maestre

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