Nomola y el baile de carnaval Los casos del inspector Nomola

Nueva lectura detectivescas gracias a Felipe Gutierrez profe de 5º curso del CEIP el Olivar de Rivas en Vaciamadrid (Madrid), y creador del blog “Rinconcitos de lectura“ y que gracias a Silvia Asuero se le ha añadido preguntas de comprensión lectora que además de trabajar la lectura ayuda a resolver el caso.

Puedes leerla desde el blog o descargar la lectura para imprimir. La solución al caso la debes descargar a parte de la lectura y al final tienes enlaces con más lecturas de detectives.

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nomola y el baile de disfraces

La marquesa iba a dar una fiesta de gala. Y tan caritativa y siempre tan humana, la iba a dar a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital.*

Se trataba de un baile de carnaval. El capitán me dio una invitación para que yo asistiera en su nombre.

– Toma, Nomola, te podrás poner morado a comer sándwiches de jamón de york.

– Gracias, jefe, pero estoy a dieta.

– Pues come pepinillos. Necesito que estés allí con los ojos bien abiertos. La marquesa va a lucir su famoso diamante de Sudáfrica, y eso…atrae a muchos chorizos.

– ¿Y por qué no vende el diamante esa señora marquesa y así da de comer a sus pobres…?

– Nomola, cierra esa bocachancla y búscate un disfraz con el que pasar desapercibido.

– Me parece ridículo en una persona de mi edad andar disfrazándome.

El jefe me echó una mirada asesina y opté por salir de allí antes de que la cosa se pusiera peor.

La fiesta de Carnaval se celebraba en gran hotel Excélsior. El portero del hotel llevaba una chaqueta que parecía un oficial de húsares con más botones que el ascensor de un rascacielos.

– ¿Dónde va….señor lo que sea?

Saqué mi placa de policía y me quité la careta de King Kong que llevaba puesta.

– Soy el Inspector Joe Nomola de la policía en misión especial.

– Pase, inspector, al fondo a la derecha. Salón Kapurtala.

El salón estaba muy animado. Música y decenas de máscaras y disfraces: piratas, payasos, payasas, Napoleones y hasta uno vestido de Tarzán con un bañador de leopardo. Los camareros vestidos a la moda del siglo XVIII, llevaban peluca y unos ridículos pantalones hasta la pantorrilla.

Aquello era extraordinariamente elegante…y cursi. La orquesta interpretaba un vals de un modo ciertamente horrible. En ese momento apareció la marquesa descendiendo la imponente escalera de mármol. Todo el mundo se volvió para mirarla, bueno más a su collar que a ella, pues tenía un diamante gordo como una coliflor.

Comenzó el gran baile y las parejas comenzaron a dar vueltas como peonzas. Yo allí disfrazado de gorila empezaba a aburrirme. De improviso se oyó un grito agudo de soprano: era la marquesa.

 – ¡Me han robado, me han robado mis diamantes!

 Me quité la careta y corrí hacia ella.

 – ¡Cierren las puertas- le dije al director del hotel que había conocido a la entrada- que no se escape ni el gato! ¿Vio al ladrón, señora marquesa? – le pregunté.

 Pero ella no hacía más que gritar como una histérica y negaba con la cabeza. Cogí el micrófono como si fuera a cantar una canción de Enrique Iglesias y me dirigí a los invitados.

 – Señoras y señores: se acaba de producir un robo. A nuestra anfitriona, la señora marquesa le ha sido sustraído su collar de diamantes y tenemos al responsable entre nosotros. Hagan el favor de quitarse las caretas y máscaras para que podamos verles las caras.

 Se oyó un rumor de desaprobación. Me puse a revisar uno a uno a aquellos personajes. El director y el jefe de seguridad me ayudaron a registrar bolsos y carteras. Nada, ni rastro.

 – Tráiganme a los camareros.

 De repente entre los camareros reconocí un rostro familiar. Le quité la peluca y el bigote y pude reconocer a Charly el “Sietededos”. Uno de los mejores ladrones de guante blanco del país.

 – Charly, ¿Qué haces tú aquí?

– Trabajando.

– Ya. Ya veo que has estado trabajando. ¿Dónde están los diamantes?

– Nomola: yo soy más inocente que un niño de pecho.

 Estaba seguro que había sido él, pero ¿Dónde había escondido el botín? ¿Contaría con algún cómplice en la sala?

 La orquesta había parado de tocar. Me acerqué al director y le pedí que siguiera tocando. Aún sonaba peor que antes. Entonces comprendí todo.

 ¿Qué había hecho Charly el “Sietededos” con el collar?

 *El primer párrafo pertenece a la canción “a beneficio de los huérfanos” del grupo satírico “Madres del Cordero” de Moncho Alpuente.

 

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