Lecturas absurdas: “Noche de campamento”

Con “Lecturas Absurdas” son una nueva serie de lecturas cortas (máximo un folio) dedicadas a alumnos de 2º de primaria en adelante, y en cuya historia introduzco elementos que no tienen nada que ver con el desarrollo de la misma o con el contexto en el que tienen lugar. Se trata, pues de leer con con atención y anotar en el cuaderno  las cosas que  no tengan lógica en el desarrollo de la historia. 

En estas lecturas cuento con la colaboración de Silvia Asuero que realiza las preguntas de comprensión oral que junto al texto puedes imprimir al final del artículo.

“NOCHE DE CAMPAMENTO”

     En toda primera noche de campamento, como es tradición, se cuentan historias de misterio, pero aquella noche estaba siendo muy aburrida, ya que se volvieron a contar las mismas tonterías de siempre: que si la chica que te encuentras en la carretera una noche de lluvia, que si la casa que se construyó sobre un antiguo cementerio, el fantasma que arrastraba cadenas…

     Estábamos a punto de meternos en la tienda de campaña para dormir, cuando Miguel empezó a contar lo que -según dijo- era una historia real que le pasó hacía unos años. Su familia había comprado una casa en un lugar donde antes había existido una oficina bancaria, provocándose en ella extraños fenómenos, que ni los más prestigiosos premios Nobel en economía pudieron explicar.

     Continuó diciendo: “Todo empezó la primera mañana, cuando mi padre al salir a trabajar se encontró a un vigilante en la puerta de casa, que lo saludó quitándose la gorra. Al principio nos extrañaba y molestaba que cada vez que entrábamos o salíamos, un señor -que no conocíamos de nada- se quitara y pusiera la gorra continuamente. Pero a primeros de mes nos vino muy bien, ya que en esa época se formaba una cola muy larga de abuelos en la puerta de nuestra casa, esperando para cobrar la pensión. En esos días, el vigilante les iba diciendo la nueva dirección del banco y despejaba la calle.

     Lo que peor llevábamos era que en el frigorífico y la lavadora había una rueda, como la de las cajas fuertes, para poner la clave y abrir. Aunque era un tanto molesto tener que girarla de un lado a otro para sacar o meter un yogur, o los calcetines sucios en el tambor de la lavadora; lo malo no era eso, sino que mi padre cambiaba la contraseña todas las semanas porque había oído en la televisión que hay que tener cuidado con ellas, ya que si te las roban, tendrían vía libre a nuestro frigorífico y a la ropa sucia.

     Otro problema era que cuando abrías los grifos o tirabas de la cisterna del aseo, lo que salía eran monedas de dos céntimos en lugar de agua, atrancando los desagües; de tal forma que el único que estaba contento en el barrio era el fontanero, ya que, cuando desatascaba las cañerías, además de cobrar, se llevaba los céntimos que estaban dentro.

     Pero lo peor de todo, lo que nos produjo un terrible escalofrío que recorrió las suelas de nuestros zapatos, fue saber que en todas las habitaciones, incluidas el cuarto de baño, había cámaras de seguridad que estaban las 24 horas del día grabando, con un pilotito rojo encendido a modo de ojo que nos observaba y sabía en todo momento lo que hacíamos. Cuando nos duchábamos teníamos que poner una toalla sobre la cámara para poder mantener la intimidad.

     Un día mi hermano mayor encontró en una habitación oscura del sótano las cintas de las cámaras de seguridad. Ese día nos sentamos toda la familia frente al televisor para ver una de ellas, pero tras las primeras imágenes se nos heló la sangre a todos… ¡no podíamos creer lo que estábamos viendo!… ¡ Todas las cintas estaban en blanco y negro y… sin sonido!”

Texto: José Miguel de la Rosa Sánchez, Comprensión lectora: Silvia Asuero. Dibujos: Phillip Martín

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