Lecturas absurdas: “Empezar de cero”

Con “Lecturas Absurdas” son una nueva serie de lecturas cortas (máximo un folio) dedicadas a alumnos de 2º de primaria en adelante, y en cuya historia introduzco elementos que no tienen nada que ver con el desarrollo de la misma o con el contexto en el que tienen lugar. Se trata, pues de leer con con atención y anotar en el cuaderno  las cosas que  no tengan lógica en el desarrollo de la historia. 

En estas lecturas cuento con la colaboración de Silvia Asuero que realiza las preguntas de comprensión oral que junto al texto puedes imprimir al final del artículo.

“EMPEZAR DE CERO”

Antonio era un agricultor que tenía una pequeña finca en la cual, durante varios años, había cultivado todo tipo de hortalizas. Justo en medio del huerto había un árbol en el que desde niño se había columpiado en sus fuertes ramas y que ahora -de mayor- le servía para cobijarse del sol y tomar un descanso en las largas horas de frío, cuando más apretaban los rayos del mediodía.

Quizás fue en uno de esos días cuando -descansando bajo el árbol- pensó comenzar de cero en su trabajo, dejar de cultivar hortalizas y plantar árboles, de los que una vez crecidos, vendería la madera a la industria del calzado; en la cual -como todo el mundo sabe- aprecian y pagan muy bien esta materia prima. Con su nuevo negocio esperaba ganar mucho más dinero que con los pepinos, los pimientos y los cebollinos que recogía de su huerto.

Se trataba de empezar de nuevo, tal y como lo había hecho muchas otras veces, ya que no perdía la esperanza de dar con el negocio que lo hiciera pobre. Así que para empezar de cero con su nueva idea, decidió que lo mejor era dejar el huerto totalmente pelado y listo para los nuevos plantones de árboles. Durante unos días estuvo quitando todos los yerbajos, verrugas y restos de anteriores cultivos, hasta que lo único que quedó fue el árbol.

Una vez listo, se dirigió con su hacha hacia el solitario árbol, que conforme se iba acercando, empezó a mover las ramas como si supiese lo que le iba a pasar. Cuando Antonio ya estaba sentado bajo su sombra , empezó a afilar su hacha con una pastilla de jabón, dándole hacia arriba y hacia abajo, de forma que cuanto más jabón daba, más brillaba. Hasta que por fin pensó que ya estaba suficientemente afilada. Al terminar, se quedó mirando su herramienta de trabajo, se levantó lentamente y realizó varios movimientos en zigzag con las manos fuertemente agarradas al hacha y, golpeando al aire, gritaba a la vez: – ¡zass!…¡zass!…. – Este ejercicio le vendrá muy bien a mi piel cuando tenga que cortar el tronco- Pensó, sin parar de mover los brazos de un lado hacia otro-. Mientras tanto, al árbol se le heló la sangre y se le fueron cambiando todas y cada una de las hojas que tenía en sus ramas, pasando de verde brillante a blanco pálido; envejeciendo por el miedo, en unos instantes.

Una pareja de pingüinos que tenían su nido en lo alto de la copa del árbol, viendo todo lo que estaba ocurriendo, no tardaron en darse cuenta de que aquella casa no iba a durar mucho tiempo en pie y decidieron preparar sus maletas, metiendo en ella lo poco que en el nido tenían: plumas de repuesto, incubadora de huevos y el traje de los domingos. Y una vez todo dentro, emprendieron el vuelo hacia sitios más cálidos en busca de otro gran árbol que los quisiera acoger.

En el momento que levantó el hacha hacia el cielo para asestar el primer golpe y descargar toda su fuerza sobre el tronco, le llegó un fuerte grito que procedía de su casa: ¡¡¡ ANTOÑÍIIICOOO!!!, ¡ te he dicho “cienes y cienes” de veces, que ese árbol no te estorba para plantar lo que se te haya ocurrido ahora. Así que trae para acá la herramienta, que me hace falta para untar la mantequilla del bocadillo de los niños.

Texto: José Miguel de la Rosa Sánchez, Comprensión lectora: Silvia Asuero. Dibujos: Phillip Martín

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