Lecturas absurdas: “El bromista profesional”

Con “Lecturas Absurdas” son una nueva serie de lecturas cortas (máximo un folio) dedicadas a alumnos de 2º de primaria en adelante, y en cuya historia introduzco elementos que no tienen nada que ver con el desarrollo de la misma o con el contexto en el que tienen lugar. Se trata, pues de leer con con atención y anotar en el cuaderno  las cosas que  no tengan lógica en el desarrollo de la historia. 

En estas lecturas cuento con la colaboración de Silvia Asuero que realiza las preguntas de comprensión oral que junto al texto puedes imprimir al final del artículo.

“EL BROMISTA PROFESIONAL”

     Para Juan era un divertimento gastar bromas continuamente a todo el mundo que se le ponía a tiro. Tenía una completa recopilación de bromas que iba aplicando sin ton ni son a todo aquel familiar, amigo o desconocido que se cruzaba en su camino. Esta afición, no era nueva, si no que le venía desde niño, y lo malo era que con 40 años aún seguía con sus bromitas, tales como tocar los timbres de las casas, conforme iba paseando por la calle -aunque esta broma fuera propia de abuelos-.

      Un día de esos, de los que le daba por tocar los timbres, iba barco por barco pulsando y corriendo para que lo vieran, hasta que tocó en el número 6 de la calle “El duende verde” y cuando salió corriendo se dio cuenta de que el timbre se lo había llevado pegado al dedo. Empezó a sacudir la mano, pero el timbre no se caía, luego tiró de él, pero lo único que consiguió era que se oyera un “din don, din don,…” que iba subiendo de volumen, hasta que dejaba de pulsarlo.

     El primer día no salió de su sorpresa, pues el timbre no se separaba de su dedo. Cuando llegó a casa tuvo que mantener la mano escondida en su bolsillo, por miedo a que su mujer, cansada de sus bromas, le llamara nuevamente la atención. Aquella noche pensó que seguramente se trataba sólo de una pesadilla y que cuando despertara todo habría acabado. Pero a las cuatro de la mañana un “din don, din don,…” lo despertó al girarse en la cama, y pensó que aquello era tan real como las sirenas del mar.

      Por la mañana en la cafetería, cada vez que cogía la taza del café se oía “ din don, din don,…” y los clientes, con cara estupefacta, se volvían primero hacia la puerta y luego lo miraban a él. Más tarde en el servicio de caballeros, al bajar la cremallera de su pantalón sonó un “din don, din don,…” que hizo que los señores que estaban allí se llevaron tal susto que unos se pusieron los zapatos chorreando y a otros se les cortó el pis.

      Así pasaron meses en los que si se rascaba la cabeza: “din don….”, que estrechaba una mano: “din don….”, que escribía en el ordenador: “din don….”, que conducía el coche: “din don….”, “din don….”,“din don….”

     Pero un buen día, totalmente desesperado y afligido por las bromas que había realizado durante tantos y tantos años, empezaron a salir de sus ojos tantas lágrimas de arrepentimiento, que pensó, que acabarían con su sufrimiento; pero al ir a secarlas con sus manos,rozó sin querer el dedo donde estaba el timbre pegado y se oyó: “din don….”, “din don….” ,“din don….”.

     Moraleja: Puedes estar arrepentido de aquello que hiciste, pero eso no significa que lo que has hecho no tenga sus consecuencias.

Texto: José Miguel de la Rosa Sánchez, Comprensión lectora: Silvia Asuero. Dibujos: Phillip Martín

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